¡Holaa preciosaaas! Hoy les traigo probablemente la entrada más vulnerable que he escrito hasta ahora, así que les pido mucha empatía y respeto. La verdad es que llevo mucho tiempo queriendo escribir esto y al mismo tiempo evitándolo, porque todavía me mueve un poco demasiado.
Es imposible para mí no sentirme absurdamente patética cuando hablo de esto. Sobre todo porque se suele hablar de corazones rotos en situaciones de noviazgos y no de la forma en que yo lo sentí. A veces pienso en todo lo que he llorado por esto y me avergüenza tanto, porque probablemente ella ni siquiera se imagina el tamaño del vacío que dejó en mí.
Ella y yo éramos amigas literalmente desde que tengo memoria. Ni siquiera recuerdo cuándo la conocí porque éramos demasiado pequeñas, realmente estuvo presente durante toda mi vida.
Durante años nuestra relación fue, sin exagerar, una de las cosas más importantes de mi vida. Durante mucho tiempo intenté encontrar una forma sencilla de explicar lo que ella significaba para mí, pero nunca pude.
Decir que era mi mejor amiga se siente insuficiente. Decir que era como una hermana tampoco termina de encajar. Había algo en nuestra relación que siempre me pareció difícil de nombrar. Solo sé que ella ocupaba un lugar que nadie más ha ocupado jamás.
Y quizás por eso sentía que había momentos que no eran de amigas ni hermanas. Me tomaba del muslo mientras hablábamos, me abrazaba durante mucho tiempo, me daba muchos besos en la mejilla o se reía exageradamente de mis chistes estúpidos. Probablemente para ella no significaban nada especial, pero yo me aferraba a esos momentos más de lo que debería.
Pasaron los años y llegó un momento en el que sentía que no podía estar más unida an ella y entonces empezó a cambiar. Sé que suena injusto decirlo así, porque las personas cambian todo el tiempo, pero es la forma más honesta que encuentro de describirlo.
Comenzó a hablar con un chico y eventualmente empezó a gustarle. La verdad es que nunca me cayó bien. Me parecía inmaduro, desagradable y, sinceramente, bastante idiota, pero tampoco creo que sea el villano de esta historia. Nunca pensé que él la hubiera cambiado ni que fuera responsable de todo lo que pasó después.
Al principio intenté ser comprensiva. Era normal que quisiera pasar tiempo con alguien que le gustaba y jamás esperé seguir ocupando exactamente el mismo lugar en su vida. Las personas crecen, se enamoran y conocen gente nueva; eso es completamente normal. El problema fue que, poco a poco, nuestra amistad empezó a sentirse cada vez más unilateral.
Todas nuestras conversaciones giraban alrededor de ella y sus nuevos amigos. Todo terminaba hablando de ellos. Yo intentaba contarle algo sobre mi día y de alguna manera volvíamos a hablar de ellos. Intentaba cambiar de tema y regresábamos a ellos. Al principio escuchaba con paciencia porque era mi mejor amiga y me importaba lo que sentía, pero después de meses empecé a preguntarme si ella todavía sentía la misma curiosidad por mi vida que yo sentía por la suya.
Poco a poco empecé a sentir que me había convertido en una espectadora de su vida en lugar de formar parte de ella. Y aun así seguía buscando excusas para justificarla. Porque la quería muchísimo. Porque era mi mejor amiga.
Con el tiempo dejó de visitarme tan seguido. Después dejó de visitarme casi por completo. Cada vez que la invitaba a salir tenía una excusa distinta. No podía. Ya tenía planes. No tenía dinero. Lo extraño era que después veía todo lo que compraba o las cosas que hacía con otras personas y me quedaba preguntándome por qué para todos parecía haber tiempo, energía y dinero, excepto para mí.
Se volvió más difícil reconocerla. Parecía haber desarrollado una especie de indiferencia hacia las personas que no podían ofrecerle algo que considerara importante. Dinero, popularidad o algún beneficio. Y cada vez que veía eso sentía una mezcla extraña de tristeza y decepción, porque no era la persona que yo recordaba.
Las comparaciones tampoco ayudaban. Empezó a decirme que debería salir más, que debería ir a fiestas, que debería tomar alcohol, que debería tener más amigos. Me comparaba constantemente con otras amigas suyas y muchas veces me dejaba claro que prefería estar con ellas.
Y sí, tiene todo el derecho del mundo a preferir a otras personas. Lo que nunca entendí fue por qué necesitaba decírmelo. ¿Por qué hacer comparaciones?¿Por qué recordarme una y otra vez que yo era la segunda opción? Creo que esa fue una de las cosas que más me lastimó. Porque yo jamás la hice sentir reemplazable. Jamás. Mientras ella elegía constantemente a otras personas, yo seguía eligiéndola a ella.
Durante mucho tiempo pensé que si esperaba lo suficiente todo volvería a ser como antes. Que esto solo era una etapa rara de su desarrollo y que algún día regresaríamos a sentarnos juntas durante horas hablando de cualquier tontería. Que algún día volvería a buscarme como antes. Pero ese día nunca llegó.
La última etapa fue extraña. Ya casi no hablábamos. Nuestra comunicación se reducía a los TikToks que yo le enviaba y que ella cada vez respondía menos. Hasta que un día me di cuenta de que llevaba semanas enviándole cosas sin recibir prácticamente ninguna respuesta. Y dejé de hacerlo. Fue una decisión ridículamente pequeña, pero para mí significó admitir algo que llevaba meses evitando. Nuestra amistad había terminado.
El vacío que dejó fue algo que nunca había sentido antes. Tenía otras amigas, tenía gente que me quería, pero aun así me sentía completamente sola. Era una soledad distinta, una que se instalaba incluso cuando estaba rodeada de personas. Literalmente me dolía el corazón. Supongo que eso es lo que pasa cuando pierdes a alguien que estuvo contigo durante toda tu vida.
Después de eso hizo un par de intentos tímidos por reanimar nuestra relación: algunas visitas monótonas, algún TikTok nostálgico, una invitación a su cumpleaños y otra para salir. Pero había algo en cada uno de esos intentos que me hacía entender que nunca había comprendido cuánto me había lastimado todo lo que pasó.
Ya había pasado demasiado tiempo y, aunque me moría por responder sus mensajes, por ir a esa cena, por regresar a ella y contarle cuánto la extrañaba, no lo hice. Sabía que ella ya no era la versión que yo añoraba. La persona que había perdido llevaba mucho tiempo desapareciendo delante de mis ojos, mucho antes de que nuestra amistad terminara. Volver solo habría significado aferrarme a un recuerdo y abrir una herida que apenas empezaba a cicatrizar.
Y, aun así, nunca dejé de quererla. Hay personas a las que uno ama de una forma tan profunda que incluso aprende a hacerlo desde la distancia. Siempre guardaré con cariño la niña que creció conmigo, aunque ya no exista en la persona que es hoy.