Pasé por demasiadas opciones, pero no en el sentido bonito de “explorar posibilidades”, sino en el de aferrarme a una, convencerme de que era la correcta y luego darme cuenta de que no encajaba. Era como probarme ropa que casi me quedaba bien, pero siempre había algo incómodo. Y eso desgasta.
Habían pensamientos que no me soltaban: ¿y si no me gusta? ¿Y si no soy lo suficientemente fuerte o inteligente?Pero no eran dudas cualquiera. Eran de esas que se sienten en el cuerpo, que te aprietan el pecho y te hacen imaginarte viviendo una vida que no quieres.
Antes de eso estaba casi decidida por administración de empresas porque sonaba más lógica. El problema es que no sentía nada y eso al final me hizo cambiar la decisión. Cuando cambié a psicología no sentí una seguridad absoluta, sentí alivio. Como si, dentro de todo el caos, esa decisión hiciera un poco más de sentido para mí. Creo que eso es lo que nadie dice: no eliges cuando estás completamente segura. Eliges cuando algo, entre todas tus dudas, se siente un poquito más correcto que lo demás.
Me hubiera gustado que alguien me dijera que sentirse así es normal. Que no tener respuestas no significa que estás fallando. Y que eres más capaz de lo que crees, aunque en el momento no lo sientas.
Si pudiera hablar con mi yo de hace unos meses, no le daría la respuesta correcta. Le diría que se conociera más, que dejara de buscar la decisión perfecta y que entendiera esto: sentirse perdida no es el problema, es parte del proceso.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario